viernes, 3 de junio de 2016

Un buen fin de semana

En un país de fábula, no era, precisamente, un viejo artista quien vivía (1), sino un mocetón de veinticuatro-veinticinco años, Nemorino, alto, fuerte, galán, alegre, simpático… Y gran persona. El mozo, parecía reunir, y reunía, cuantas varoniles virtudes podían ser demandadas a un muchacho de su edad, pero asimismo había en él algo menos atractivo, que era incauto, cándido, tímido y soñador… Ese género de persona, integralmente buena, candorosa y simple, que las gentes dan en pensar que es un imbécil de capirote, con lo que tal era el cartel que para sus paisanos, los vecinos de la aldea en que nació y vivía, ni cien almas. Pero he aquí, que Nemorino tenía un inconveniente, y no minino: Estaba locamente enamorado, embelesado hasta el tuétano, de una joven del sitio, Giselle, de exactamente la misma edad del mancebo, mes arriba, mes abajo, joven de buen ver, alta, esbelta, busto firme, con sus “cositas” de qué manera y dónde deben tenerse, cinturita de avispa, pelos dorados, cayéndole hasta alén de los hombros en hermosos ricitos, enmarcando un rostro hermoso, de ángel; pese a su juventud, viuda ya, y de varios años, , secuela de la económica depresión de sus progenitores, complicada con el deseo de un viejales, septuagenario él y de cierta potencia económica, por las tiernecitas carnes de una Giselle de quince, dieciséis añitos. El provecto gallardo, tendría más años que Matusalén, pero “cachis la mar”, y cómo “arrempujaba” en la conyugal amedrentad con su muy, muy joven esposa, que de esta manera le pasó, que a los 3, 4 años de “disfrutalla”, en una de esas, cuando el “Matusalén” alcanzaba la cima del glorioso himeneo, súbitamente, le sobrevino un síncope que lo dejó “fritico” “ar probe” en un visto y no visto. Duró poco su alegría, ya se sabe, 3, cuatro años, mas le mereció la pena, puesto que que le quitaran lo “bailao” en semejantes años.

Y ahí tenemos pues a una Giselle de veinte años, antes escasos que bien cumplidos, viuda, que no era moco de pavo para la época, mogollón de años atrás, puesto que en tal estado era cuando la mujer gozaba de libertad, libre de la “potestas” de padre y marido; y, en añadidura, dueña-heredera de los “posibles” del finado… Vamos, que se decía, y bien a sus anchas, “qué más quiero/viuda y con dinero”. En fin, que la chica, joven, de mucho “merecer”, caprichosita, “con más plumas que un zorzal y de cascos dislocá” y, digamos, “cantedubi dubi, dubi, cantedubi dubi da “pasta gansa”, se dijo “Giselle, cariño… ¡A vivir, que son tres días!”, con lo que se convirtió en una presumida de “agárrate a la brocha, que me llevo la escalera”, que no quería más ir “picoteando de flor en flor”, dejándose cortejar por prácticamente todo usuario de pantalones en unas cuantas leguas a la redonda; galanteos a los que ella, con manifiesto ahínco, daba cuantas facilidades fuesen precisas y las buenas costumbres permitían, en forma de oportunísimas caiditas de ojos, sonrisas alentadoras, miraditas lánguidas…muy, muy abatidas, siempre y cuando tal consideraba como lo más recomendable a fin de que el interés del mancebo gallardo no decayese ni un ápice… Mas, no vayamos a pensar mal, que los devaneos, lo casquivano del comportamiento de la hermosa, se ajustaba a un más que a rajatabla “mirar, bueno; mas las manitas quietas, que luego van al pan”… O un más concluyentes, “Permitido mirar, mas terminantemente prohibido tocar”

Nemorino fue uno más de los jóvenes que cayeron bajo el influjo de la hermosa viuda. Se conocían desde pequeños, desde niños, y, al coincidir más menos, en edad, ya digo, mes más, mes menos, también de pequeños jugaron, habiendo sido amigos, que no conocidos, desde entonces… La afición del chico hacia ella, venía de cuando la niña transmutaba en mocita, a sus catorce-quince años, con él en los bastante más quince que catorce… Pero aún era demasiado joven para, aun, distinguir entre afición amistosa e inclinación cariñosa, por lo que, el exacto conocimiento de lo que Giselle era para él, a Nemorino no le llegó sino más bien cuando ya era demasiado tarde, cuando ya era una señora casada, con el marido aún vivito y coleando… Entonces, ella volvió a ser libre, mas un muro prácticamente insuperable se interponía entre ambos: La pobreza de él, y la, para aquellos lares, riqueza de ella… La veía tan alta, y tan poca cosa, tan insignificante…tan culta, que hasta leía libros, y tan inculto como siempre y en toda circunstancia, que las letras se le hacían caquitas de mosca, apelotonadas…

miércoles, 2 de marzo de 2016

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